Que bonito es expresarse.

Que bonito, te pongo, mi'ja, escribirte a ti misma palabras que en realidad le escribes a un público que ni tienes. Porque cualquier tontería que pongas sabes que la deletreas sabiendo que algún día alguien como usted, o tal vez alguien precisamente contraria a usted, le leerá y coincidirá con cosas que pensaba. Eso en el mejor de los casos, mi'ja.

domingo, 10 de enero de 2016

Pinche Pueblo Feo






En el pueblo se usa mucho la contrariedad para resaltar la virtud. Si estás guapa, te dicen vieja horrible, si estás torneado, te dicen viejo flaco. Imagínense qué digo con este pinche pueblo feo.


El lugar idílico que creía paraíso escondido como tesoro mío (en donde escapaba de la realidad y de todo azote de mi vida cotidiana) me reveló, en una vasta y amplia semana, lo que yo no pude entender de todas sus señales que me estuvo arrojando por años.

Algunas personas tenemos la experiencia de nacer en un lugar o, si acaso, vivir de infantes en un ambiente que lo marcamos como cuna y criadero de nuestra persona. Yo nací en Cuetzalan del Progreso, municipio del estado de Puebla en México, el lugar de los chiles y los charros. El nombre complementario es feo porque se entiende que una corriente política y "progresista" vino a  implantar lemas de valores laborales en un pueblo con mucha cultura y tradición presumible. Sin duda el nombre no le queda a tal lugar que tiene mucha religión prehispánica y virreinal, "el lugar de los quetzales" le hace más honor a la magia que aquel pueblo hermoso, de calles empedradas y temporadas de niebla viscosa. Son muchas las virtudes que Cuetzalan alias Cuetzi pero Cuetzi-de-mi-corazón posee, y no estaría demás mencionarlas a lo largo de este texto que confunde por su título, imagen y, por supuesto, intención. La historia de este patrimonio nacional es bastante rica y es bastante envidiable si nos vamos a la mayoría de los pueblos mexicanos, formados gracias a una fuente de agua dulce y la congregación de personas que se amolaron y se acostumbraron a vivir ahí donde los dejó la suerte; no menosprecio a la variedad rural de mi país querido pero es cierto que son contados los "pueblos mágicos" pero "verdaderamente mágicos" que tiene la nación. La respuesta es simple: porque no todos los llamados pueblos son bonitos, ya que sus congregaciones de casas amontonadas no deja más que un buen material para las manos de un artista con talento. Claro, el genio es del artista, no del pueblo rascuacho que tiene leyendas sosas y pocos atractivos realmente turísticos.

Cuetzalan no son casas amontonadas en un valle, no es una comunidad de gente aburrida que vive barato; el pueblo de Cuetzalan es un vitral que enmarca de manera muy chida la cultura poblana y sus raíces en las diferentes huastecas y abuelos totonacos. No dejó atrás otros pueblos como Huauchinango, Zacatlan, Zacapoaxtla u otros muchos pueblo que no he conocido, pero yo, siendo una nativa del pueblo protagonista, advierto que el lugar de los quetzales es un muy buen anfitrión.  Y aunque haga hincapié en el pueblo como tal, jamás quitaré del renglón lo que implica que Cuetzalan es, en realidad, un municipio con sus ramas bien formadas que llevan a otros tesoros más escondidos y, tristemente, más simples. No soy quién para plantar un panorama del estado donde vivo, por ignorancia y porque sólo he venido a hablar de Cuetzi. El meollo se acerca.

Resulta que iniciando el 2016 llegué al susodicho lugar de manera casi improvisada, porque estuve a punto de negar el viaje y seguir pudriéndome de aburrimiento y quehacer obligatorio en un cuarto lleno de colores, libros y proyectos por construir. Y una vez ahí, me dispuse a terminar los pendientes fuera de mi espacio de trabajo. Es decir, a pedir prestada computadoras y libretas, lápices, internet, estambre, y otras cosas con las que me mantuve ocupada el resto de la semana. Llegué el primer sábado y me fui al siguiente. Experimenté todos los climas del año porque, según la costumbre que me contó Boya, se piensa que los primeros doce días del año determinan el clima de los meses que estarán por pasar. De llevar cinco chamarras encima terminé sin llevar ninguna puesta. Figúrense.

De todas formas, mi vistazo general era el mismo de siempre: me maravillé con la niebla llevando al pueblo a las nubes, sin ver ni un cerro ni una maleza a más de cien metros de distancia gracias al aire lechoso que te enfriaba los pies y hasta las ideas. No es clima para salir. Y claaaaro que no lo era, porque la lluvia invisible mojaba los cráneos y el frío hacía temblar y pensar que podrías contraer bronquitis a cada respiro de aire con hielo. Pero no era así (bueno, personalmente hablando, los infortunios de mi condición física se fueron volando una vez que pise, mareada y aturdida, las piedras mojadas de la Miguel Alvarado), mi insistencia por salir a la calle y disfrutar del tiempo entraron luego en acción y me olvidé de muchas cosas citadinas una vez que estuve entre cafés y atoles que quemaban la lengua pero amenizaban la estadía de congelador. Pero hacía mucho que no estaba por aquí. No me imaginé que llegué a extrañar tanto el sol. Ay sí. Quizá las muchas casualidades de los últimos días del 2015 me hacían desear un temporal cálido de día de playa con cloro de alberca y bebidas tropicales, y llegar con un real-clima-de-invierno también me gustaba, pero por alguna razón llegué a pensar que era demasiado, que un lugar cerca de Veracruz, la costa del golfo, no debía sentirse como deducía que se vivía en Europa. De todos modos, se compuso en los últimos días de mi estancia y pude cantar un poco Palmar de Caloncho y Laferte y ver el sol por primera vez después de meses enteros de no checar el Cuetzalan de mi corazón. Me sentí en mi infancia. Pero mi infancia estuvo alejada del centro, de la gente, de las relaciones. Y es ahora cuando se fueron despejando las verdades crudas que no por rudas son el lado obscuro. Digo.



Fue en esos paseos entre charcos e imágenes borrosas al mirar las casas, la iglesia, el parque, que me fui enterando de sus personas: los factores más podridos que sacan verdades igual que un manotazo en la cara. No es que a mi me hayan afectado los líos directamente pero, como dicen las ñoras, te enteras de unos y...

Me di cuenta de que la espalda de una persona es un escudo que muchos utilizan para la crítica, la burla, el desprecio. Tal vez los abrazos y los buenos deseos sean sinceros, nacidos desde el más recóndito respeto hacia los derechos humanos; pero aunque no sea hipocresía, hay un hedor que deja la estela de la persona que vino a saludar y se va ¿Qué pasa con la persona que vino a saludar o que saludó en otras ocasiones y que no está presente? El clima hogareño o el clima de la confianza entre hermanos de chisme, no de sangre, hace que afloren las quejas de tal persona que acaba de irse, que está lejos o que, simplemente, no llega a escuchar el murmullo que dicen. Tampoco es que se le atribuya esa exclusividad de doble-cara a mi pueblo, porque el mundo está lleno de estos fenómenos y jamás podría tachar a las personas que habitan aquí por lo que hacen. Pero es cierto que en un pueblo chico, la pólvora del rumor es mucho más efectivo que alguna escopeta bien entrenada. No, no, aquello no es lo que me sorprendió, lo que me causó escalofrío es que aquí uno no puede gozar complemente del anonimato si se dice llamarse de alguna familia aledaña.

El tema familiar conlleva incluso un patrón predecible pero igualmente complejo. Yo me veo como la espectadora de varias cosas y por mucho que me guste analizar tales situaciones me revuelve el estómago los estragos que una u otra persona puede ocasionar. Es fácil, me gustaría acercarme a los pueblerinos para decirles con burla que claro que han oído hablar del hermano huevón, del pariente ladrón, del conocido de acción ilegal, de los malos vicios del vecino o del rabo verde del padre de tal y cual. Insisto en que aquellos existen sea en ciudad o distrito federal, pero el cinismo que conlleva que todos sepan que tal persona tenga esa fama y encima viene a volver a hacer lo que ya hizo una vez, puede ser una característica especial, no solo de este, sino de todo pueblo con mezcolanza de familias y apellidos repetidos.

También los tratos varían, y como la repetición de actitudes puede volverse un juego que todo el mundo acepta, las personas no se ofenden porque alguien le reclame su tono de voz, les ponga apodos o imiten su manera de peinado; es obvio, aquello pasa en cualquier comunidad, desde el kínder hasta en la oficina. Quien se lleva se aguanta. Sin embargo, ignoran que aquello no ocurre con el foráneo, el extranjero, o simplemente con la gente que no frecuenta aquellos lugares. Como un ejemplo: llega alguien anónimo a la tienda familiar y el patrón, padre de familia y líder de los compadres se atreve a ofenderle: para los hijos, para el amigo, para el conocido es gracioso, para el que no conoce las reglas de un juego que ni ha aceptado es un insulto, y la familia acaba de perder otra ganancia. Estoy hablando de aparentes nimiedades que tanto el cliente como el vendedor van a olvidar tarde o temprano. Pero el hecho de que no importen las faltas de respeto y que la "Ley de la Espalda" ya mencionada sean tan marcadas entre sus habitantes, hacen del humor algo que va más allá de la falta ética. Estoy segura ¿Falta de sentido común?

Luego encuentro un tema más familiar, que no me sorprende por la magnitud de sus noticias si no por lo malditamente ciega que su servidora se encontraba frente a todo ello. Los chicos y las chicas, una vez que ya dejaron la pubertad, se intercambian parejas en su limitado sistema de elección, cambian rápidamente sus decisiones, experimentan agradablemente con las cosas que ya probaron sus conocid@s y se mueren de risa al saber que la regaron pero pueden volver a empezar. Ay, por supuesto que no culpo a ninguno. Pero aquí solo hay una generación de cada edad, solo hay unos destacados por cada nivel que sea, solo hay algunos que pasan desapercibidos pero que más de cinco amigos en común tienen. El espacio limitado se extiende gracias a la redes que se entretejen de diversas formas. Existen mejores amigas que conocen a todos, embarazadas que no pueden esconderse, existen anécdotas secretas que conoce toda una escuela entera, fetiches de algún tipo del grupo de los amigos relajientos, existen vicios que todo mundo escucha cuando levantan la taza del baño para vomitar o abrir latas de cerveza enfrente de una primaria. Y fuera de las dulces y risueñas relaciones de adolescentes tiernos, sabemos que en la calle siempre encontraremos a alguien a quien saludar. Es casi una ley.

En el pueblo nadie es lo suficientemente anónimo a menos que seas un violador gringo cuidadosamente escondido durante años, en el pueblo todo mundo comparte amores, en el pueblo todo mundo saluda, en el pueblo todo mundo sabe la sombra que lleva cada quién. Sé que me falta poder enlistar situaciones (en su mayoría opiniones) de lo que representa este nuevo descubrimiento que se llevó a cabo en el transcurso de la primera semana de mi 2016.
Y ahí es cuando mi ceguera se despeja tantito para dejarme ver que, en efecto, la iglesia sigue inmemorial, la flauta de los voladores sigue armonizando las tardes pero las personas llevan una rutina de la que me perdí tanto tiempo.

No, Cuetzi, no me decepcionó tu clima; por supuesto, es más, me lo dejaste tatuado y ahora lo extraño con melancolía. Tampoco me decepcionó saber que la gente puede llegar a ser tan mala como toda la gente del planeta. Me agradó saber que siempre hay alguien a quien hacerle platica, que no te puedes morir de hambre. Me decepcionó saber que nunca tuve un pueblo idílico, solo es el lugar donde nací.

Pero si nos ponemos pesimistas, dejaremos entrar a este post la leche de la mala vibra: ajá, el clima bipolar de frío extremo e internet de la mierda no ayuda a que no nos demos cuentas de las hipocresías de las señoras que se creen todavía bellas, que demandan a la propia madre y que saludan a la tía con gusto, ni tampoco podemos distraernos de los inoportunos y las inoportunas que llegan de improvisto a la casa para que a fuerza le den de tragar de la misma mesa, de las niñas que se creen europeas, que presumen banda norteña y guitarras de ingleses que nunca las van a pelar. Todo ello para sobrellevar una estancia donde lo único que se come es grasa de animal sobre entrañas de ganado robado, todavía peor manufacturado que bebés en gestación y bebés tumbados de niñas apresuradas. Para que mi historia en aquel lugar escondido y sucio, lleno de basura y de una manutención deplorable, con intereses políticos en los bigotes que te saludan, haya sido un engaño que nadie me contó; que en realidad lo que esperaba nunca se dio y mi aparente destierro fuera, en realidad, la más afortunada de las desgracias que pudieran ocurrirme.

Fue cuando iba de regreso, cuando dejaba atrás el valle resguardado por dos iglesias, dejando atrás su gente diciendo "anca doña tal" y "puta perro" (aunque sea sustantivo masculino), que entre las curvas quería vomitar y reflexionaba, con la bilis en la garganta, que aquel pueblo que creía hermoso era en realidad un pinche
                          pueblo 
                                                                    feo.